Aunque fue hace ya más de un año, aun recuerdo como si fuera ayer cuando empecé a escribir este blog.
Relucen en la inmensidad de mi mente, como pequeños carteles luminosos, los incocentes valores e ideas que me llevaron a escribir este blog. Los valores los conservo, o eso intento, pero las ideas, son tan volátiles... Como único reflejo de ellas: Maldita Dulzura.
De vez en cuando, releo las entradas y sonrío. Leo y me doy cuenta de los errores, pero no las cambio una vez publicadas, pues no busco la perfección, sino la autenticidad en cada una de ellas.
Pero sobre todo me doy cuenta de la ya no tan sutil evolución en mi forma de pensar, de expresarme, de escribir. De las primeras entradas en las que, enfadado con el mundo, escupía sobre él; como si un adolescente y las punzantes palabras que teclea en un ordenador pudieran cambiarlo; a unas entradas menos reivindicativas pero más personales.
Dos etapas tan necesarias como diferentes, no me decantaría por ninguna, pues siempre puse, pongo y pondré lo que pienso, sin tapujos. Al final eso es lo que cuenta, contar mi verdad, que no tiene porque ser la de nadie más.
Lo leo y me hace preguntarme si me habré vuelto un conformista, aunque no creo que sea así, para nada lo es, el "Diego más revolucionario" sigue ahí, esperando a salir en un momento más útil. No, ahora no voy a empezar con la típica queja de adolescente incomprendido al que nadie escucha, ese no es mi estilo.
Lo leo y recuerdo mis ideas como vampiros que huyen de la luz del día, para refugiarse en la oscuridad de la noche. Allí donde el temido silencio utiliza sus sucios trucos, convirtiéndose en el más aferrimo aliado de aquellos vampiros que se apoderan de mi cabeza. Pero a mi rescate acuden mis dos mejores aliados: la música y este blog. Pronto los inquietos vampiros son encerrados entre las letras que componen cada texto.
Lo leo y me doy cuenta que mientras que lo hago ya he escrito otra entrada más, que con este último párrafo acaba.